Crónicas Bélicas
Cartaginés

Cartaginés

Soy el Cartaginés, escritor e historiador, aficionado a los wargames y al Juego de Rol. Casi toda una vida dedicada a los juegos de guerra en todas su variantes. Ésta es mi aportación a la Historia y al mundo friki en general.

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Campanadas a media tarde

El 14 de mayo de 1940 se inició la ofensiva alemana en las Ardenas con el objetivo de aislar en una gran bolsa todas las fuerzas aliadas estacionadas en Bélgica. El 21 de mayo, cerca de la costa, los ingleses, por iniciativa propia, lanzaron una contraofensiva en la zona de Arras (en la región Pas de Calais). De haber tenido éxito, seguramente el “milagro de Dunkerke” no se habría producido porque los aliados podrían haber evacuado sin problemas ni prisas. De todas formas, a pesar del fracaso del ataque, éste pudo haber motivado la orden del Führer de parar el avance de las unidades acorazadas: para evitar una posible brecha en la delgada linea de suministros que el rápido avance había propiciado. A la postre, esa orden salvaría la vida a miles de soldados en las playas de la actual Antwerp.

 

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Tanque Matilda MkII

 

21 de Mayo de 1940

La columna militar se adentró en el pequeño pueblecito, de nombre Agny, al sur de Arras. Las viviendas eran todas de una sola planta con jardín. Un lugar tranquilo e ideal para un retiro sin sobresaltos.

Absorto en esos pensamientos, el Sargento Mayor Gerhard Stein contemplaba el bonito paisaje de la campiña francesa. El Sol comenzaba a bajar hacia el oeste brillando sobre los campos de trigo y alargando las sombras de los abundantes árboles frutales a los lados del camino.

No era normal que un soldado de apenas 20 años pensara en retirarse, pero después de casi un año de guerra luchando: primero en Polonia, después en Noruega  y ahora aquí; al menos necesitaba un descanso, por corto que fuera.

Se encontraba temporalmente al mando de la 1ª Compañía del 6º Regimiento a pie de la 7ª División Panzer, la unidad del general Erwin Rommel. Su capitán se ausentó a la búsqueda de “víveres”, como él les llamaba, ordenando al suboficial localizar un lugar donde acampar.

–Cabo Meyer, informe a la compañía que acamparemos en torno a aquel edificio– ordenó señalando una iglesia de grandes dimensiones.–Se acabó la carrera por hoy.

El ataque alemán fue fulgurante. En poco más de una semana las unidades acorazadas y motorizadas salieron de la Ardenas y casi alcanzaron la costa de Calais.

–Todavía me acuerdo de aquel viejo de la gasolinera– recordó Meyer mientras descargaban el material en el muro trasero de la iglesia.–Aparcó el teniente Fritz con su panzer y dijo: “Buenas tardes señor, lléneme el depósito por favor”– la anécdota provocó las carcajadas de los soldados presentes.

–Bueno, y cuando aquella anciana en la panadería recriminó al capitán porque el carnaval ya había pasado: “Es un disfraz de muy mal gusto, jovencito”.– añadió otro soldado. Más risas.

La moral era alta. Tenían la certeza de que Francia caería pronto y podrían irse de permiso a Paris en busca de alguna bonita mademoiselle.

Mientras tanto Gerhard observaba los alrededores con mirada estratégica. Un ligero escozor obligó a rascarse la nuca, síntoma de que algo iba mal.

–¡Silencio!– gritó Stein.

La compañía entera cerró la boca mirando al suboficial. Se escuchó un leve silbido.

–¡Al suelo!– volvió a gritar en el momento que se produjo una explosión cercana.– ¡Fuego de mortero, todos a cubierto!

De repente un infierno de explosiones se abatió sobre los alemanes. Todos buscaron cobertura tras los muros de la iglesia o de las casas colindantes. Hasta que, después de cinco interminables minutos, el bombardeo cesó .

–Meyer, conmigo. Klaus, Rob y Stendhal, coged la “máquina” y seguidme. Otto, contacta con el regimiento y pide refuerzos, nos atacan. El resto cubríos tras los muros de la iglesia.– ordenó Gerhard con la certeza del veterano que ha vivido muchos bombardeos previos a un ataque.

La iglesia era de estilo gótico con planta rectangular. Alrededor tenía un cementerio antiguo con lápidas muy ornamentadas y todo ello rodeado por un muro de piedra de unos dos metros. La primera compañía se movió con movimientos calculados y entrenados.

El grupo del sargento abrió la puerta del edificio y se encontró un grupo de fieles y un cura acurrucados en una esquina.

–Stendhal, explícales lo que pasa y llévalos a la cripta, si es que hay de eso aquí.– dijo Stein y el soldado empezó a verborrear en francés.

El resto subieron al alto campanario. Desde esa posición privilegiada pudieron observar la escena.

Por los campos, al oeste, avanzaban varios centenares de soldados ingleses apoyados por varios tanques del modelo Matilda. Al norte de la iglesia estaban tomando posiciones los compañeros de la sección de armas de apoyo con tres cañones anticarro de 37mm. Al sur, se podían ver unas cuantas casas seguidas de una extensión de campos, cuyo límite llegaba hasta las colinas  a unos 2 kilómetros de distancia. Tendrían que aguantar la embestida ellos solos.

 

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Ametralladora MG-34

 

Klaus montó la ametralladora MG-34 y el resto de la compañía esperaba órdenes detrás de los muros del cementerio. El enemigo se encontraba a unos 500 metros.

–Esperad, calma, dejad que se acerquen.– susurró el sargento. Verificó que todos tenían visualizada su posición y, por gestos, les ordenó esperar.

Los ingleses avanzaban sin mucha cautela. Los más viejos habrían pensado que todavía estaban en la Primera Guerra por la manera en que se movían por el campo.

Cuando el enemigo pasó los 200 metros se desató la tormenta.

–¡Fuego!– ordenó Stein bajando el brazo.

Los cañones abrieron fuego sobre los blindados y la MG-34 escupió su habitual cariño sobre la infantería.

Los ingleses se tiraron al suelo, algunos de ellos muertos o heridos. Los vehículos blindados pararon su lento avance moviendo sus torretas buscando al enemigo. Los 37mm estaban bien camuflados tras unos setos pero no tardarían en localizarlos.

Tras varias andanadas, ningún proyectil había penetrado el duro blindaje frontal de los carros de combate. La situación se hacía difícil por momentos. La infantería inglesa se percató de este hecho y se parapetaron tras sus vehículos acorazados para seguir el avance.

El sargento le daba vueltas a la cabeza y no sabía cómo salir de aquel atolladero. Su gente, abajo, esperaba órdenes. Atacar frontalmente era un suicidio sin eliminar antes a los blindados.

–¡Otto!–gritó por la escalera de caracol– ¿Dónde está esa ayuda?

–Están de camino señor pero van a tardar. Y la Luftwaffe no contesta.

Tendrían que resistir. Una brecha en este sector resultaría nefasta para el avance de todo el Ejército.

Se le ocurrió algo.

–Cabo, corra y diga a los artilleros que disparen a las orugas. Parece mentira que no se les haya ocurrido todavía.– Meyer bajó los peldaños de tres en tres.

Justo en ese instante un proyectil impactó en la torre. Tras la confusión inicial Gerhard pudo constatar que Klaus había muerto con la cara destrozada por la metralla. Ahora estaba solo allí arriba.

Tras unos momentos de conmoción por el impacto y por ver la cara de su compañero muerto, Gerhard volvió a ejercer el mando. Por señas indicó a los soldados parapetados tras el muro que retrocediesen e iniciaran un movimiento de pinza para atacar los flancos de la fuerza enemiga. Alguien debería atraer el fuego y  mantener ocupados a los ingleses. Asumió su papel con estoicidad. Quizá sería su última misión. No le daba tiempo de escribir a su padre en la lejana Prusia como siempre hacía. Esperaba que a su casa llegara una carta del ejército indicando la valentía y el patriotismo de su amado hijo. Como tantas otras veces, hoy no le decepcionaría.

Había impartido todas las órdenes pertinentes y ahora quedaba solo él contra la fuerza asaltante, como el general Custer contra los indios en Little Big Horn.

Pudo apreciar que los cañones conseguían un éxito parcial  inmovilizando algún que otro tanque pero resultaba insuficiente para detener al enemigo. Los ingleses llegaban a la iglesia.

Se armó de valor, cambió el cañón ardiente por otro frío, amartilló el arma y comenzó a lanzar balas e improperios contra los tímidos soldados ingleses. Pudo contar una docena de impactos con éxito hasta que un infierno se cernió sobre su cabeza. La mayoría de los enemigos disparaban a su posición. Los proyectiles  silbaron alrededor del sargento mayor Gerhard Stein, el circunstancial jefe de la primera compañía, que se cubrió a riesgo de morir acribillado. Los impactos rebotaban en la única campana y provocaban un ruido ensordecedor.

El estruendo lo volvió loco y poco importaba ya, no saldría vivo de allí, pensó. Recargó el arma y, gritando, comenzó a disparar de nuevo. En su locura de sangre apuntó y disparó sobre un vehículo cercano, sabiendo que no podía dañarlo. Mientras lo rociaba de fuego, de repente, el blindado explotó lanzando su torreta por los aires. Miró su ametralladora incrédulo. Otro carro reventó, y luego otro y otro… habían llegado los refuerzos.

Pudo distinguir con los prismáticos, en las colinas al sur, una batería de cañones de 88mm antiaéreos disparando a los tanques. No podía dar crédito a que un cañón destinado a abatir aviones se utilizara para destruir blindados, pero por todos los dioses, ¡era efectivo!

Al mismo tiempo, su compañía, siguiendo sus órdenes, flanqueaban al enemigo que, al ver la destrucción de su fuerza acorazada, se batía en retirada, corriendo como conejos a esconderse por donde habían venido.

Stein se apoyó en la pared agujereada de su atalaya mientras sacaba un cigarrillo de su pitillera. Otra misión con éxito. Alguien allí arriba le protegía, pensó mirando al cielo.

Quizá era un buen momento para retirarse en este pueblecito donde había vuelto a nacer.

El cabo Sam Meyer subió corriendo y respiró con alivio al ver a su jefe con vida. Era difícil de admitir pero había sobrevivido mientras que el campanario tendría que restaurarse casi por completo.

Gerhard recogió las insignias y las pertenencias de Klaus. La siguiente misión consistiría en comunicar la noticia a la familia. Asumía su responsabilidad.

Se rascó la nuca mientras bajaba los desgastados peldaños…

Continuará….

88mm

Cañón 88 mm FLAK36

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Vodka aguado

Justo un año después del desastre alemán de Stalingrado los rusos consiguieron, una vez más, un movimiento de pinza brillantemente ejecutado por el Mariscal Zhukov (entre otros), que consiguió cercar a más de 60.000 soldados alemanes en lo que se conoció como la Bolsa de Korsun o El Cerco de Cherkassy, al sudeste de Kiev, a orillas del rio Dnieper. El 16 de febrero de 1944 y, gracias a que el general Von Manstein contradijo las órdenes del Fuhrer y ordenó la ruptura del cerco y la huida (destituido del mando del Grupo de Ejércitos Sur por el mismo motivo), más de 40.000 soldados sitiados consiguieron romper las lineas soviéticas en el pueblo de Shanderovka y huir. La ruptura del frente fue encargada a las divisones SS “Wallonien” y “Viking” además de la 72ª División de infantería donde destacaba el laureado Mayor Robert Kästner. Gracias a sus sorprendentes ataques nocturnos fue uno de los artífices de la proeza…

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Mayor Kästner

Los dos hombres estaban sentados en el porche de una casa medio en ruinas. Apenas protegidos del tremendo aguacero, uno de ellos observaba la calle embarrada. El otro intentaba poner en marcha un viejo gramófono.

El que parecía tener más edad alargó el brazo y llenó su vaso con agua de lluvia.

— Cada vez estoy más convencido de que en esta tierra lo que llueve es vodka en vez de agua. — afirmó tras dar un largo trago.

— ¿No será que anoche te pasaste con el zumo de centeno?— respondió el otro mientras daba vueltas a la manivela del aparato de música.

— La ocasión lo merecía por cierto.— apuntilló mientras lanzaba una risotada que hizo girarse a varios soldados con semblante malhumorado que intentaban hacer avanzar un carro tirado por mulas y cargado con varios morteros de 8 centímetros por el lodazal en el que se había transformado la calle.

 

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Mortero de 8cm. Mod.34

 

Ambos vestían guerreras de oficial desgastadas donde apenas se distinguía la graduación. El que daba tragos continuos al vaso de agua portaba una cruz de hierro colgada del bolsillo izquierdo.

La música empezó a fluir del aparato. Varias mujeres cantaban una canción animada en inglés. Los oficiales se miraron desconcertados.

— ¡Retruenos!— exclamó el más joven— ¿Quién demonios vivía aquí que tenía música americana?

— Tampoco me extraña mucho. Uno de los rusos que maté anoche llevaba tabaco americano. Deben traerlo en los malditos convoyes que llegan por el norte— sentenció el laureado, que parecía tener mayor graduación.

— Ellos lo reciben y nosotros lo disfrutamos— dijo el joven oficial sacando una pitillera y ofreciendo un cigarrillo al otro.

El carro apenas avanzaba y los dos oficiales miraban a los que empujaban como si estuvieran en el palco de un hipódromo. Incluso hicieron apuestas.

— ¿Cuáles son las órdenes para hoy, Robert?— preguntó el de menos graduación encendiendo el pitillo a su compañero.

— Las mismas que ayer a esta hora, Stein— Respondió el Mayor Robert Kästner— Salir de este agujero lo antes posible.

— Pero no eran las órdenes del Fuhrer— corrigió el joven capitán Stein— Teníamos que resistir hasta la muerte en la bolsa—añadió con cierto tono de sorna.

— Morir moriremos tarde o temprano, pero no es bueno tener prisas. Antes quiero ver unos cuantos cadáveres bajo mis suelas— aclaró en tono jocoso Robert— Aquí no manda el Fuhrer ahora mismo. La palabra de Stemmerman es ley y nuestro amigo Von Manstein desde el sur también ha contradicho a Adolf. Debemos salvar el pellejo todos los que podamos. Seguiremos atacando hacía el sur para romper las líneas bolcheviques y llegar a las divisiones panzer de relevo. Y nosotros lideramos la carga.

 

Atrás quedaban tres semanas de asedio ruso. El saliente alemán en Cherkassy fue cercado por miles y miles de soviéticos enfadados con el invasor. Unos sesenta mil soldados quedaron atrapados en lo que, posteriormente, se llamaría la Bolsa de Korsun, por ser el pueblo del centro de la bolsa y el aeródromo donde llegaban los suministros.

El sonido del gramófono entró en un bucle sin fin, repitiendo la misma estrofa una y otra vez. Ninguno de los dos se atrevió a apagarlo. Era la única música que escuchaban en meses.

— Suerte de esta lluvia o la aviación nos destrozaría— afirmó el capitán.

— Pregúntale a esos de enfrente— ambos rieron, mientras los que arrastraban el carro se dieron por vencidos y empezaron a descargar las armas, liberando peso.

— Esta noche atacaremos Shanderovka y pillaremos por sorpresa a esos comunistas por segunda vez consecutiva— explicó el Mayor.

— No entiendo como caen en la trampa una y otra vez— se preguntó el otro apagando el cigarrillo en la suela de su bota.

— Está todo muy claro. Llevo lo suficiente en este país para saber que los rusos no combaten de noche— enfatizó su argumento con una pausa para dar otro trago de agua — Tragan tanto alcohol por el día que necesitan dormir toda la noche para digerirlo— volvieron a reír. Esta vez rieron tanto que contagiaron a todos lo que pasaban por allí. Más parecía un grupo de combate a punto de licenciarse que un regimiento antes de una batalla incierta en la que muchos morirían para que otros vivieran.

Cosas de la guerra.

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La huida

Recuerdos presentes

Historias de la 3ª División alemana en la 2ª Guerra Mundial.

Uno de los mayores errores de los Aliados en la guerra ocurrió el 22 de Enero de 1944 en Italia. El frente se había estancado en la linea de Montecassino sin visos de conseguir atravesarla y poder liberar Roma. El Alto Mando Aliado decidió entonces desembarcar a 30 kms. al sur de Roma, justo detrás de la linea del frente, para presionar a los alemanes por dos lados, conseguir llegar a la capital rápido y atrapar a las fuerzas enemigas. Los lugares elegidos fueron las playas de Anzio y Nettuno. Pronto consiguieron una cabeza de playa que ensancharon hasta unos 10 kms. tierra adentro. Fue lo máximo que consiguieron. Los alemanes pudieron reforzar la linea contraatacando y estrechando la cabeza de playa casi hasta la mitad. No fue hasta mayo cuando se logró la ruptura del frente en Montecassino y así, poder socorrer a los desembarcados de una derrota aplastante. Hasta 4 meses después del desembarco no se pudo liberar Roma gracias a la retirada alemana hacia la línea Gótica, más al norte…

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“Desembarco apacible”

Campoleone, 15 Febrero de 1944 (Sector Anzio)

23:00 horas

Esa noche fue particularmente fría.

Los copos de nieve caían lentamente creando un manto de tranquilidad en la tensa espera.

En cierto modo, el paisaje se parecía mucho a cualquier pueblo invernal prusiano: grandes extensiones de campos abiertos, salpicados aquí y allá por árboles solitarios y la humedad propia de un pueblo costero.

De carácter taciturno, Zillias disfrutaba de sus últimas horas previas al combate de la manera que más le tranquilizaba, fumando en pipa. La mezcla de olores del tabaco bávaro producía sensaciones extásicas en un hombre tan sibarita como el teniente.

Se hallaba sentado en el porche de una casa confiscada a una familia adinerada italiana. Cosas de la guerra.

En frente del edificio, unos soldados se afanaban cargando cajas de munición en un camión. Zillias supervisaba en silencio la operación, como abstraído. A su memoria llegaban recuerdos de su pueblo natal, Königsberg, y de cómo su padre, militar de profesión, tuvo que cuidar de sus cuatro hijos tras la muerte de su madre, provocada por unas fiebres de origen desconocido y que acabaron con ella en dos semanas…

De repente, un fuerte golpe le hizo volver a la realidad. Un soldado había tropezado tirando la caja que transportaba, rompiéndose al llegar al suelo y desparramando miles de proyectiles de ametralladora por el fango de la calle.

Los seis soldados cesaron su actividad y miraron al teniente con el miedo reflejado en sus caras, sobretodo el causante del estropicio, cuyo rostro era la viva imagen del pánico.

Zillias, con el semblante serio, indicó al soldado que se acercara. Éste llegó corriendo.

—  Lo siento teniente, no era mi intención. La caja se me resbaló y…—  dijo apresuradamente el chico.

—  ¡Cállese! —  le cortó Zillias. —  No quiero excusas de niño pequeño.

El soldado se sonrojó y agachó la cabeza. Tenía claros síntomas de extenuación. El teniente comprendió su torpeza. La 10ª Compañía de infantería llevaba tres días de marcha forzada, a pie en su mayoría, desde el sector  de Cassino al este. Todos estaban cansados y eso hacía mella en unos hombres que sentían cada vez más ganas de volver a casa y olvidar el infierno de la guerra.

—  ¿Qué castigo cree que se merece por esto, soldado? —  No tenía ganas de pensar.

— Supongo que lo de siempre, limpieza de letrinas, señor. —  Era el castigo habitual del teniente Zillias, poco original.

El oficial  reflexionó durante un instante.

— No será hoy. Recoja todo eso de inmediato. Vosotros ayudadle, y luego iros a dormir un poco. Mañana necesitaré hombres descansados y no niños asustadizos. —  dijo dirigiéndose a los demás.

No era habitual en la disciplina inculcada por su padre dejar sin castigo un error semejante, pero Zillias comprendía cada vez mejor a sus hombres. Compartía con ellos muchas semanas de lucha y, en el fondo, también él estaba cansado de una guerra a todas luces perdida ya.

Al cabo de media hora se encontraba sólo, meditando acerca del día siguiente.

Cuando el coronel Beaulieu, el mando del 8º Regimiento, le comunicó las órdenes de atacar a los americanos al Norte de su cabeza de playa e intentar llegar a Carroceto esbozó una sonrisa. Era la primera vez que lucharía contra los yanquis. Cuando lo imaginaba siempre le venía a la mente la imagen de montones de vaqueros montados en caballo y disparando con sus Winchesters. Le gustaban mucho las novelas del Lejano Oeste.

Por desgracia, mañana vería otra imagen muy diferente.

Mentalmente, hizo un repaso de las fuerzas que tenía a su disposición para el ataque.

Una compañía de granaderos, la mitad reclutas pero valientes. La División le proporcionaba un apoyo de tanques Panzer IVH, muy fiables. Bombardeo previo de artillería y cortina de humo para el avance. Táctica básica del manual de infantería.

No podría contar con la aviación por la previsión de tormentas, pero eso no le importaba, era de la antigua escuela. Para él, los aviones eran un instrumento opcional que no proporcionaba gran ventaja, y, aunque  tenía cierta utilidad, nunca pensaba en ellos a la hora de planificar los ataques.

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“Panzer IV H”

La noche no tardaría en desvanecerse. La pipa se había consumido hacía media hora y el frío empezaba a calar sus huesos.

Se levantó de la mecedora dispuesto a meterse unas horas en alguna cama caliente. No dejaba de pensar en los vaqueros.

“Esperemos que mañana ellos hagan el papel de Custer y nosotros el de los Indios”, una sonrisa afloró en los labios de Zillias. “Sí. Mañana cabalgaremos hacia Little Big Horn”…

Tormenta antes de la tempestad.

Corría el año 190 a.C. y el Imperio Seleúcida llegó a su fin en la Batalla de Magnesia donde los romanos aplastaron al ejército de Antíoco III “Megas”. Con ello se abrieron las puertas de Asia al entonces futuro Imperio Romano.

Años antes Aníbal de Cartago huyo de su ciudad perseguido por una Roma que le odiaba por todo lo acontecido. Refugiándose en la corte del ya mencionado Antíoco, ejerció de asesor militar. Tanto Aníbal como su archienemigo Escipión “El Africano” participaron en la campaña militar que enfrentó a romanos y seleúcidas y que culminó en Magnesia. Se sabe que Escipión no pudo participar en la batalla al caer enfermo días antes. Con Aníbal hay diferencias de opinión entre los que creen que participó en la batalla al lado de Antíoco y los que creen que no. Las fuentes no aclaran ni uno ni lo otro. He aquí mi hipótesis de lo que pudo haber pasado la noche antes al enfrentamiento. (Los personajes mencionados en el relato existieron)

(N. del A.: Tengo bastante aprecio por este relato donde, por primera vez, aparece el personaje de Aníbal del que proviene mi seudónimo. Espero haber recogido la esencia de tal ilustre personaje de nuestra Historia.)

La lluvia arreciaba formando charcos y barro entre las innumerables tiendas del campamento seleúcida.

La fría y oscura noche albergaba miles de almas que intentaban refugiarse del aguacero, mientras un jinete guiaba su caballo por el laberinto de caminos del acantonamiento.

Atravesó una distancia considerable en dirección al pabellón real, pasó junto a los cercados donde descansaban unos enormes paquidermos que encabritaron al caballo y cruzó las carpas de los gálatas donde celebraban una fiesta en honor a un Dios desconocido, ajenos a la tormenta. Desmontó al llegar a una tienda enorme de tres cuerpos y, dirigiéndose al central,  saludó a los dos guardias y entró sin demora.

El interior estaba profusamente iluminado por lámparas de aceite. Tres hombres discutían sentados en taburetes mientras un cuarto aguardaba de pie junto a uno de los pilares de madera que soportaba la cúpula cónica de lona. Se arrodilló y esperó pacientemente.

— Permíteme comandar el ala izquierda, padre. Aplastaré su flanco con mis jinetes y te daré la victoria. — afirmó el más joven de los presentes golpeándose una mano como si de una maza se tratara.

— No será tuya la gloria, Seleuco. — interpuso el rey Antíoco de pelo negro y afeitado a la griega,  vestido con una túnica de seda carmesí ricamente ornada. — Masacraré el flanco derecho, los elefantes abrirán el hueco para la falange y mi guardia saqueará el campamento. Sus legiones sucumbirán una vez acabemos con su caballería y yo me convertiré en un Dios.

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“Antíoco III”

— La teoría es buena pero subestimas la caballería de Eumenes de Pérgamo y, sobretodo, ignoras el poder de las legiones.- corrigió el individuo apartado. El pelo canoso, una túnica púrpura sobre una armadura de cuero reforzado de factura sencilla y una falcata al cinto indicaban, sin lugar a dudas, que aquel hombre provenía de un lugar distante y diferente. — Sin contar que la humedad dejará inservibles los arcos compuestos de tu ejército y que la formación anticuada macedónica nada podrá hacer con la flexibilidad de la cohorte.

— ¿Por qué tenemos que escuchar a este traidor, padre? — espetó  Seleuco.

— Aníbal es mi huésped y no está probado que sea un traidor, al menos de momento. — declaró Antíoco.

Había algo en el tono del rey que provocó un escalofrío en la espalda de Aníbal, además de una punzada de dolor en su ojo tapado. Pero esto último bien podría ser porque siempre le dolía en época de lluvias.

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“Aníbal Barca”

— Habla soldado, que nuevas traes. —prosiguió percatándose del recién llegado.

— Mi Señor del Mundo y Protector de Delos, los romanos han trasladado su campamento a menos de veinte estadios. — declaró el arrodillado, con su capa rojo oscuro de origen tesalio acariciando el suelo. — He cumplido sus órdenes mi Señor. El hermano del enemigo no estará en la batalla. — concluyó el espía.

— ¿Qué le has hecho a Publio, Antíoco? — interrumpió Aníbal el cartaginés visiblemente molesto.

— Sólo estará indispuesto unos días y yo venceré mañana. — sonrió satisfecho el rey. — Me dijiste que ese romano era la mayor amenaza y yo la he conjurado. Aunque no lo maté por deferencia a ti.

— Lo ves, padre, es tan amigo de los romanos que ni quiere verlos muertos. — acusó el joven príncipe.

— No confundas honor con traición, muchacho. Nunca serás un buen líder si no aprendes que el honor en batalla está por encima de cualquier juramento, incluso aquel que me obliga a combatir a Roma allí donde esté presente. — aclaró el General de Cartago. El joven Seleuco sonrojó ante la reprimenda.

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“Jinete tesalio”

Hubo unos instantes en que un silencio incómodo se apoderó de la estancia. El informador recibió permiso para retirarse. Otro de los consejeros de Antíoco, que no había hablado  hasta el momento, se dirigió a Aníbal con un acento extraño.

— Me gustaría conocer el motivo de luchar en este lugar, pues bien sé que tuya fue la idea. — inquirió el hombre delgado con el pelo rubio recogido en una cola, cota de mallas y una gran cantidad de tatuajes de origen celta que inundaban su piel, allí donde se vislumbraba.

— Como tu bien sabrás, Orgiagon. — contestó Aníbal. — Esta es la patria de Tántalo, el famoso rey Frigio. — prosiguió. — Aquí reinó y aquí murió a manos de los dioses que derrumbaron el monte Sípilo destruyendo su reino.  Resulta que Tántalo fue acusado de robar a los dioses en su propia casa y darles a comer su propio hijo en un banquete. Con esa ofensa se ganó un lugar de honor en el Tártaro. — continuó el cartaginés. — Pues debéis saber que la familia de Tántalo emigró al norte de la Magna Grecia iniciando la cultura etrusca y fueron los antepasados, por tanto, de Roma. Los que mañana lucharán contra vosotros poseen todos los defectos de su Padre. No descansarán hasta destruiros. Permitirán engaños e incluso abusarán de vuestra hospitalidad, desafiando a los Dioses, tal como lo hiciera su “Pater”. — subió el volumen de su voz conforme argumentaba. — Roma no cejará en su empeño de dominar toda la humanidad y esclavizarla. Su plaga se extenderá hasta el confín del mundo conocido. Hay que pararles antes de que impongan su yugo. — hizo una pausa. — Y que mejor lugar que éste. El punto de donde proceden.

— Una historia  digna de ser escuchada. — dijo Antíoco. — Pero no creo en leyendas. Mañana venceremos. Eres un gran general pero tu historia te precede. Roma te venció, Aníbal, olvida tus juramentos porque ellos te llevarán a la muerte.

— Si así debe ser, será. Estoy convencido de que Roma seguirá su camino sin que tú puedas evitarlo. —  el escalofrío apareció de nuevo y Aníbal dio por concluida la charla. Saludó al rey y abandonó la estancia. Orgiagon le siguió. Ya no llovía.

— Espera Aníbal, quiero que sepas que yo si estoy de acuerdo contigo. ¡Los dioses quieran que dirigieses la batalla! — habló en céltico. Aníbal se giró y miró a los ojos verdosos del gálata.

— Mañana, cuando veas los flancos destruidos, huye o será demasiado tarde. Organiza los clanes y refugiaros en vuestras montañas. Con el terreno a tu favor y evitando la batalla campal serás una pesadilla para Roma. Suerte, amigo. — aconsejó en perfecto céltico y dejó pensativo a su interlocutor mientras él se dirigía a las caballerizas. Una voz en su mente le decía que abandonara aquel lugar con premura.

Cruzó medio campamento en soledad y pensativo. Al llegar a las cuadras otro repeluzno recorrió la espalda del cartaginés. Tuvo el tiempo justo para agacharse antes de que una espada rebanara su pescuezo. Con un ágil movimiento desenvainó y, cayendo a propósito, osciló su arma hispana cercenando el pie derecho de su atacante. Éste aulló de dolor y se derrumbó. Aníbal remató al desafortunado con una estocada en el pecho mientras miraba a ambos lados advirtiendo que estaba solo. El atacante apestaba a Roma. Un odio mutuo que podría llenar miles de ánforas.

El campamento de su supuesto anfitrión no era seguro. Acaso el espíritu de Tántalo inundaba el lugar. Corrió hacia su caballo, lo ensilló y partió al galope sin destino prefijado, fundiéndose en la fría y húmeda noche.

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“Falcata Íbera”

Jaula de Perros

Historias de la 3ª División alemana en la 2ª Guerra Mundial.      

Hace exactamente 74 años la navidad se vivió de forma muy diferente como la vivimos ahora. En las postrimerías del año 1942 se libró una de las batallas más sangrientas de toda la Historia. Ocurrió en la ciudad de Stalin o Stalingrado. Los números de la batalla son impresionantes: casi 2 millones de personas, en su mayoría soldados, perecieron en los 5 meses que duró la contienda. Además de unos 100 mil prisioneros alemanes. Muchos de ellos corrieron la misma suerte.

Políticos y Generales desde sus seguras oficinas no consintieron en evitar un desastre completamente evitable.

Inicio una serie de relatos con la 3ª División Motorizada alemana como eje principal del argumento. He elegido esa unidad porque tuvo la peculiaridad de haber estado en casi todos los escenarios de la 2ª Guerra Mundial en Europa, cosa que ayudará a conocer la historia de la guerra. Luchó en Polonia, Francia, Rusia, Italia, de vuelta a Francia y, por último, Alemania. (Los personajes con nombre que aparecen, así como la nomenclatura utilizada fueron reales, no así su puesta en escena, algo que pudo haber pasado)

 

En algún lugar de Stalingrado, Diciembre 1942…

Una bandada de pájaros volaba desorientada en medio de la nube de polvo y otras sustancias volátiles que surgían de un suelo excavado por miles de proyectiles que profanaban la delgada capa, mezcla de arenilla y pólvora.

El Sol luchaba, en algún lugar allí arriba, por abrirse paso hasta el pequeño infierno en que se había convertido la superficie.

Era un bonito día.

Los temibles “órganos de Stalin” silenciaron su “música” a medianoche, dejándonos dormir unas cuantas horas que supieron a poco pero ayudaron a empezar el día con algo más de ánimo. Sin el bombardeo de cohetes incluso podíamos salir del búnker improvisado con alguna garantía de llegar enteros al otro lado de la calle, donde sobrevivía el segundo pelotón, si es que se podía llamar así después de perder más de la mitad de sus valientes y veteranos soldados.

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Órganos de Stalin”

A veces salíamos en grupos de 2 o 3 granaderos en busca de agua y comida. Muchos sólo encontraban la muerte.

Había llegado el invierno y la pesadilla se transformó en locura y ésta nos hizo olvidar el miedo. Daba igual un bombardeo, un francotirador o el frío. Éramos ajenos a todo. La enajenación nos transportaba a bellos parajes como las preciosas montañas bávaras o los cautivadores bosques a orillas del Rin.

Un día fue mi turno para buscar víveres. De repente creí ver el carromato que repartía leche en mi pueblo natal saliendo de una callejuela. Tardé demasiados segundos en darme cuenta del error cuando el nostálgico carromato de convirtió en un tanque ruso que me roció con una muestra de su habitual cariño en forma de balas del calibre 7,62. Una de ellas se alojó durante una centésima de segundo en mi pulmón derecho para luego salir por detrás destrozándo el omóplato, pero eso me lo dijeron al despertar, horas después, en un sótano maloliente y frío.

—Ha tenido suerte, cabo. Pocos son los que sobreviven a una herida semejante.— me dijo un hombre.

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Tanque ruso T-34

Stalingrado poseía una magia especial mediante la cual generales y soldados rasos compartían habitación y comida. En un primer momento creí que aquel hombre era General, pero cuando observé con más detenimiento los sucios y desgastados galones de su guerrera lo identifiqué como Teniente Mayor.

—¿Cuál es su nombre, cabo?— dijo aquel oficial de aspecto desaliñado y barba de varios días.

—Gefreiter Harry Mirau, señor.— dije con dificultad y  accesos de tos bronca.

—No se fuerce soldado. No vale la pena.— respondió con pesimismo.— Con un poco de suerte usted estará en casa a final de mes, cuidado por hermosas enfermeras. Lejos de este inmenso ataúd relleno de condecoraciones como ésta.— me enseñó la Cruz de Hierro que colgaba del bolsillo izquierdo de su chaqueta.— No sirven para nada después de muerto.— prosiguió.

Mientras aquel hombre hablaba miré alrededor. Nos hallábamos en el sótano de algún edificio. Había un par de mesas en un rincón repletas de papeles y con una radio de campaña emitiendo un pitido intermitente, sincronizado con las explosiones del exterior, lejanas. Las paredes de cemento estaban garabateadas a tiza con símbolos de unidades y un mapa mohoso del centro de la ciudad colgaba por encima de mi camastro. Apenas unos 20 metros cuadrados con restos de comida fría y cajas de munición por todas partes. Deduje que yacía sobre el lecho del oficial que me estaba hablando…

De repente me invadió un fuerte y profundo dolor en el pecho y todo se desvaneció…

«—¡Harry, a comer! Deja en paz los animales y entra ahora mismo en casa.

—Pero mamá, no tengo hambre. Déjame sólo un ratito más, aún es pronto.

—¡Te he dicho que no! Tu padre está al llegar y ya sabes que quiere vernos a todos en la mesa.

—Vale, ahora entro.— cogió la carita peluda del perrito entre sus manos y le dijo:

—Me tengo que ir a cenar. Si puedo escaparme te traeré algo de comer, espérame aquí en el cobertizo y no me sigas. Sabes que a papá no le gusta que te metas en el comedor. Te quiero Rud, adiós.— El perro siguió la trayectoria del muchacho con mirada inteligente pero completamente quieto, como si hubiera entendido la orden. Al fin y al cabo el perro alemán es una raza muy obediente…»

Me despertó bruscamente una explosión demasiado cercana. Parecía estar muerto porque no escuchaba ni veía nada, hasta que la electricidad volvió a encender la única bombilla de la estancia donde me encontraba. Varias personas más permanecían agachadas allí donde les sorprendió la explosión. A pesar de la violencia del impacto el sótano resistió y todos dimos tácitamente las gracias al hormigón bolchevique.

La conciencia me permitió ser testigo de lo que parecía ser una reunión de mando de alguna compañía desconocida para mí, por lo que presté atención a lo que allí se dijo.

—Éste cayó cerca. Han vuelto los lanzacohetes.— El hombre que habló vestía una guerrera negra de tanquista con galones de teniente y lucía un fino bigote dándole una aire de moderno.— La situación se complica, hemos de salir de esta zona lo antes posible.— continuó Josef Zintl.

Otro hombre de gran estatura y uniforme de coronel se incorporó agachando la cabeza para no tocar el techo y se dirigió a mi cuidador.

—Gerhard, ya lo ha oído. Mi regimiento se desmenuza entre las ruinas de esta gran ratonera. La única compañía que me queda intacta es la suya teniente.— empezó a desesperarse, algo poco acorde con el aspecto de hombre sereno que infundía en un principio.— Debe atacar ahora. Tiene que apoderarse del embarcadero a toda costa. Desde allí nos están machacando.— sentenció el Coronel.

—Lo siento mi coronel, pero sin apoyo de tanques y artillería no juego con la vida de mis hombres.— dijo con tranquilidad el teniente Gerhard.

—Cuente conmigo.— interpuso Zintl.- Acabamos de reparar el último Tigre que nos queda y yo mismo lo dirigiré. Apoyaré su ataque.

Un cuarto hombre, de aspecto taciturno, esperaba paciente su presentación por parte del coronel.

—También puede contar con la batería del Teniente Speckenheier. ¿Supongo que ha oído hablar de su pericia con el 88 milímetros?.— apuntilló el coronel.

—Son dos grandes ayudas, pero no cambian las cosas. Para sacar a los rusos de sus posiciones hace falta más que eso.— dijo Gerhard con aire pesimista.

—No sea terco teniente. Es una orden. Hágase merecedor de esa cruz de hierro o le prometo un consejo de guerra por insubordinación.— el coronel salió de sus casillas definitivamente.

El Teniente Mayor Gerhard fue objetivo de todas las miradas posibles en una estancia tan pequeña. Incluso el pitido intermitente de la radio parecía obligarlo a responder. Me miró con cara de preocupación, como intentando escapar a la presión y tensión que se palpaba en esos instantes.

Sólo Dios sabía lo que pasaba por la cabeza de aquel oficial en ese momento tan duro.

El brillante jefe de la 1ª Compañía del 29º Regimiento se decidió a contestar. Su voluntad era de hierro y quería demasiado a sus hombres como para sacrificarlos por unos ideales que ya no iban con él.

En ese momento se abrió la pequeña puerta del sótano y entró un uniforme lleno de polvo con una gorra de tela y anteojos de motociclista recubriendo a un hombre raquítico y demacrado de dos tallas menos. En un segundo cuatro “lugers” apuntaban a la cara arrugada del sorprendido hombrecillo. Éste se disculpó con un gesto y acto seguido habló con aire nervioso y marcial al mismo tiempo:

—Herr Coronel, la División me informa que mañana despejará el tiempo. Además, ponen a nuestra disposición un escuadrón de “Stukas” que esperan órdenes en el aeródromo de Gumrak.

Las armas volvieron a sus fundas y las miradas al Teniente Mayor, que se hacía cada vez más pequeño a ojos vista. La presión pudo con él. No consiguió encontrar excusas convincentes para negarse y accedió a preparar el ataque.

En ese instante una fuerte punzada en mi hombro desvaneció la escena…

«Harry y sus padres se afanaban en acabar el postre, un delicioso pastel de queso recién hecho. El chico comía deprisa, casi sin masticar.

—Harry, come despacio.— dijo con autoridad su padre.— De todos modos no vas a ir al cobertizo hasta que acabemos todos. Por cierto Berta, ¿no hueles a quemado? ¿Tienes algo en el horno?— preguntó.

—No, que raro, yo también huelo.— dijo la mujer extrañada.

En ese momento un resplandor en la noche dirigió la atención hacia la ventana. ¡El cobertizo estaba ardiendo!

Los tres corrieron llevando cubos de agua pero fue inútil, la madera ardía tan fácilmente como difícil era apagarla.

La pequeña familia observó impotente como se consumía su reserva de paja para el invierno. Pero Harry, además, lloraba. Sabía que su perro Rud no había podido salir a tiempo.

Efectivamente, tras el incendio encontraron sus restos carbonizados. El dolor de la pérdida pudo con Harry y se desmayó…»

Desperté bruscamente de la pesadilla para volver al frío sótano. Seguía llorando.

Mientras cuatro soldados discutían acaloradamente la táctica a seguir ante un mapa desplegado, al quinto le costaba conciliar el sueño en aquel apolillado camastro. Dudaba poder salir de aquel infierno con vida. Desconocía la razón por la cual el Estado Mayor se empecinaba en conquistar aquel puñado de piedras y cascotes helados.

Probablemente nadie saldría con vida de allí. Moriríamos todos como perros en un granero ardiendo.

Pero eso no importaba, éramos alemanes y cumplíamos órdenes.

Al fin y al cabo el perro alemán es una raza muy obediente.

Esbocé una ligera sonrisa. Quizá pronto estaría con Rud de nuevo….

De buitres y hombres

Guerras sajonas

Poco conocemos sobre la Batalla de los Montes Süntel en el año 782 d.C. entre sajones y francos. Tiene la peculiaridad de ser la única batalla campal donde los sajones aniquilaron a los francos. También sabemos que motivó la represalia de Carlomagno ese mismo año en la Masacre de Verden, donde murieron 4500 sajones de manera cruel. Sirva este relato como homenaje a aquella gente que se resistió sin éxito a la invasión y a la posterior cristianización…

suntel Monte Süntel

La paz reinaba en el bosque de hayas. El frío otoñal de la mañana se hacía palpable en la escarcha que recubría el suelo de hojarasca mientras una pareja de Carpinteros negros preparaba su casa para el invierno, ajena a lo que se cernía bajo sus pies.

Un murmullo recorría la ladera arbolada donde un variopinto y numeroso grupo de sajones que, tras varios días de huida, aguardaban pacientemente un futuro incierto.

—Tengo frío, padre.— dijo el joven, tiritando entre las pieles.

Con apenas diez años, Lando se vio obligado a abandonar su casa para luchar al lado de su padre.

— No te preocupes hijo, pronto entrarás en calor.— respondió Axel, un fornido herrero de incipiente calva y trenzas amarillas que no cesaba de afilar la doble hoja de su hacha.

—¿Cuántos son?—pregunto Lando.

— No los suficientes para sacarnos de nuestra tierra.— contestó con la mirada fija ladera abajo.

— ¿Por qué, padre? ¿Qué les hemos hecho?— inquirió el chico de piel blanca, ojos verdosos y cabello color miel.

— En el mundo, hijo, existen dos clases de hombres.— argumentó con la mirada ausente.— Por un lado están los hombres que trabajan los campos, crían ganado o cazan ciervos; son hombres que buscan su sustento a base de esfuerzo diario.— hizo una pausa para saludar con la cabeza a un conocido.- Por otro lado están los carroñeros, aquellos hombres que se dedican a robar y saquear todo lo que producen los hombres buenos. Los Francos son esta clase de hombres.— afirmó mirando fijamente a su hijo mientras seguía afilando el arma.

— Primero quemaron nuestro árbol sagrado.— prosiguió Axel.— Luego saquearon los campos y violaron a nuestras mujeres. Ahora quieren que oremos a un Dios extraño y lo siguiente será hacernos esclavos de sus señores vestidos de acero en castillos de piedra.— se levantó y alzó la voz.— ¡Pues yo, Axel Schmied, aquí me planto! ¡No huiré más! ¡Carroñeros de hojalata!— continuó gritando.— ¡Aquí me tenéis! ¡Sólo soy un hombre, ni un Dios ni un esclavo, sólo un hombre dispuesto a combatir!— su voz tronó por toda la pendiente y contagió al resto del ejército.

saxonsSajones

Decenas, cientos, miles de sajones se levantaron al unísono para acompañar el herrero. Los Aringones de barbas trenzadas, los Gotingi con tatuajes en su piel, los Sturmarii cubiertos de pieles de osos; varias docenas de tribus diferentes se unieron para clamar palabras de libertad: «Por Irminsul», «Wodan nos guíe a la victoria», «Por Widukind», se escuchaba. Un ensordecedor griterío violó la magia del bosque.

En ese momento, aparecieron los exploradores subiendo la vertiente resoplando.

— ¡Ya vienen! ¡Os han escuchado y suben corriendo!— anunció uno de ellos.

De entre las filas sajonas surgió un gigantón de piel envejecida y una gran trenza de cabello amarillo, azote de los Francos y del mismo Carlomagno.

— ¡Hijos de Donar! Llegó el momento.— clamó con voz atronadora que se escuchaba a muchas yardas.— Después de varias jornadas huyendo se acabó la marcha.— miró a todos los presentes con la cabeza alta.— Los medio-hombres que vienen hacia aquí nos quieren ver muertos. ¡Ja, ja! Y nosotros estaremos encantados de morir, pero después que ellos.— Hubo carcajadas que resonaron por toda la colina.— Traen un Dios para que le recemos. Un Dios que busca esclavos. Pero nosotros ya tenemos dioses de sobra, unos que gustan de hombres libres como vosotros. Porque sois libres, escuchad bien, podéis marchar cuando deseéis si no queréis morir aquí y ahora.— hizo una pausa estudiada. Nadie abrió la boca.— Pero estoy seguro de que hoy me rodearé de valientes y moriré entre hermanos en este lugar.— hubo una fugaz mirada de complicidad con el herrero.

— ¡Recordad! — prosiguió.— Esperad a que lleguen aquí arriba y todo irá bien.— concluyó poniéndose al frente de la tropa y blandiendo un gran garrote con púas. Los sajones clamaron el nombre de Widukind por todo el bosque y prepararon sus armas.

Al cabo de varios interminables minutos aparecieron los primeros enemigos corriendo cuesta arriba.

sajonesFrancos

— No te separes de mi lado, Lando, siempre a mi espalda.— ordenó Axel. Su temor a que le pasara algo a su único hijo era superior al miedo a cualquier enemigo.

Los soldados francos, vestidos con cotas de mallas, avanzaban sin orden por la pendiente hacia arriba. A Axel le costaba creer que aquel fuera el ejército disciplinado que les había causado tantas derrotas, «Ni siquiera formaban una línea recta», pensó.

A pocos metros, muchos sajones no pudieron esperar más y se lanzaron cuesta abajo a su encuentro.

La colisión fue inevitable. Miles de francos chocaron con la línea sajona.

Pero llegaban cansados. El ansia de sangre ante los que consideraban enemigos de calidad inferior provocó una carrera desordenada que, unido al desnivel del terreno y el hecho de que fueran cargados con muchos quilos de hierro hizo que muchos cayeran antes incluso de contactar con el enemigo. Lo siguiente fue una carnicería.

Axel daba mandobles a diestro y siniestro. Sus compañeros le hicieron hueco mientras Lando contemplaba extasiado el movimiento casi hipnótico de las trenzas de aquel guerrero en el que se había convertido su padre.

Una decena de francos yacía a los pies de Axel cuando una lanza perdida se dirigió a su pecho. Con agilidad felina se apartó a tiempo y siguió luchando de manera mecánica, como si lo hubiera hecho toda la vida.

Varias líneas de ataque francas se estrellaron en el muro de hachas y mazas sajón.

Por fin, los enemigos cesaron en su empeño y huyeron colina abajo.

Con un grito triunfal, cientos de sajones, insatisfechos con la orgía de sangre, salieron en persecución.

Axel se secó el sudor de la frente y, sin perder de vista al enemigo, dijo a Lando:

—Bueno, no ha sido más duro que una jornada de trabajo. Quizás sean medio-hombres después de todo.

No hubo respuesta.

Axel palideció. Se giró rápidamente para ver una lanza erguida y, al otro extremo, su hijo en medio de un charco de sangre.

El herrero cayó de rodillas ante la estocada más letal que jamás pudiera asestarle enemigo alguno. Incapaz de hablar, lanzó un rugido que silenció el resto de la lucha.

La batalla se había ganado pero un hombre bueno perdió la guerra y algo más en aquel bosque teñido de rojo.

Los buitres se llevaron su tributo.

 

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